El kirchnerismo y el problema de la verdad.

El kirchnerismo y el problema de la verdad.

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Sin el triunfo, ya no hay incentivo para sostener la mentira y Alberto Fernández vuelve a figurarse ante los kirchneristas como aquel que traicionó a Cristina.

La política tiene un desafío pero sobre todo, lo tiene la política kirchnerista. Es el problema de la verdad que atraviesa de punta a punta al kirchnerismo en sentido amplio, el que se identifica claramente con Cristina Kirchner y su hijo Máximo, y antes, con Néstor Kirchner, pero también con el kirchnerismo de Alberto Fernández: sabemos que el albertismo no nació y ya parece ser demasiado tarde. La crisis actual dentro del Frente de Todos y de la dupla gobernante puede comprenderse a partir de esa cuestión: hoy cruje el pacto de silencio, es decir, de la omisión de la verdad, que hizo posible la conformación de la coalición gobernante. La crisis política actual expone a todas luces esa funcionamiento que ya es indisimulable.

En 2019, el Frente de Todos logró construirse a partir de esa operación simbólica de gran escala que buscó borrar una realidad consolidada durante casi 10 años ante la vista de la opinión pública: la distancia crítica, y por momentos hiper crítica, del actual presidente y la vicepresidenta que lo eligió. La poca resistencia de la palabra presidencial a un archivo rescatado del pasado, y el poco impacto de esa confrontación con sus dichos sobre el kirchnerismo de hace menos de 10 años en la sociedad, cuando el actual presidente parecía haber dejado pasar para siempre el tren del kirchnerismo, muestran la efectividad de esa operación. A pesar de la ruptura de la continuidad lógica que supone cuestionar algo duramente para luego, desdecirse, la Argentina convivió con esa omisión. La llevó a la presidencia. Un silencio que ensordece. Hasta que recupera volumen, como ahora.

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Esa operación simbólica alcanzó a la mitad de los votantes que eligió la fórmula de los Fernández en 2019, tanto a los kirchneristas duros, el cristinismo de hoy, que aceptaron como trago amargo que Alberto Fernández, el traidor político que los había cuestionado, podía ser su presidente. También a los moderados del kirchnerismo que hicieron a un costado todo el ruido que supuso la nueva conversión de Alberto Fernández, de kirchnerista de Néstor a antikirchnerista de Cristina y en 2019, a conciliador de todos los kirchnerismos.

Mentirse a sí mismos, olvidar los dichos del exjefe de gabinete de Néstor y Cristina Kirchner, y plantear imposturas frente a la sociedad fue la tarea dura que debió encarar el Frente de Todos en su conformación. La fórmula que los llevó al triunfo latió a partir de esa simulación. Esos espejismos se resquebrajan hoy.

Ahora lo que se quiebra es el espejismo de la unidad, basado en la omisión de la verdad política, el hecho de que Alberto Fernández se había convertido en un enemigo clave de Cristina Kirchner presidenta: no hay crítica más legítima, y con posible fundamento, que la que sale del que perteneció al club, lo conoce desde adentro, y un día lo deja y lo relata. La ruptura es el gesto que mejor describe hoy a la relación de Cristina Kirchner y Alberto Fernández como lo fue cuando Fernández salió de la jefatura de gabinete en 2008. El esfuerzo por disfrazar la realidad no puede durar tanto.

Mientras la verdad se violente para ganar y el resultado sea el triunfo, la impostura es posible. Las elecciones de 2021 y la crisis de legitimidad actual del kirchnerismo, es decir, la derrota, ponen en evidencia toda la tensión que implica presionar la verdad. Sin el triunfo, ya no hay incentivo para sostener la mentira. La base de sus votantes también ensaya autocrítica ahora que se atreve a mirarse en un espejo sin tanto engaño.

La voltereta argumentativa de Alberto Fernández desde su ropaje de mejor crítico del kirchnerismo al mejor aliado o, más que aliado, su mejor representante, se basó en una voluntad férrea del kirchnerismo duro y de CFK de mentirse a sí mismos. Esa lógica de la impostación explica también la lógica estructural del kirchnerismo.

El kirchnerismo busca intervenir estructuralmente sobre los dispositivos de verdad. Sobre la verdad política, deslegitimado la voluntad popular cuando no lo acompaña: el “perdimos ganando” del año pasado en las elecciones. Sobre la verdad judicial, instaurando la era del “lawfare” cuando los fallos no convienen. Sobre la verdad estadística, con la intervención del Indec.

El fallecido Jorge Todesca es de los pocos hombres públicos que puso en evidencia esa impostura en el escenario político. Fue el encargado de devolverle credibilidad al Indec cuando Cambiemos llegó a la presidencia. Pero cuando Alberto Fernández le pidió que siguiera en su cargo, Todesca fue clarísimo y rechazó esa posibilidad, pese a su relación histórica con el peronismo y aún cuando su hija, Cecilia Todesca, es una figura central del entorno del presidente. Para Todesca, quedarse en su cargo con la nueva gestión kirchnerista implicaba legitimar con su presencia a una fuerza política que desde su nacimiento implicó forzar la verdad estadística.

“Esto se ha planteado como si el Indec fuera el planeta Marte y el Indec fuera producto de algún mago que eventualmente podría ser yo. Es una política de Estado muy importante del gobierno del presidente Macri y eso es lo que ha permitido la reconstrucción que después uno gestiona”, sostuvo Todesca por aquellos días de 2019 en una entrevista, cuando Alberto Fernández intentó retenerlo y admitió un “error” en el manejo del Indec durante los años kirchneristas. “Haber intervenido el Indec, haber distorsionado la información pública argentina fue una política de estado del kirchnerismo. Es un hecho excepcional y gravísimo en el mundo”, agregó. “Francamente no veo que haya una reflexión importante y profunda sobre eso y tampoco lo hay en el libro de la ex presidente (Sinceramente). No hay nada respecto del Indec, ni reflexión crítica ni autocrítica”, sostuvo.

Los coletazos de esa política de Estado kirchnerista con eje en la intervención de la verdad se vuelven a sentir ahora también en el ámbito estadístico. Las irregularidades denunciadas en el Censo 2010 en la población de La Matanza, iluminadas por la falta de consistencia de los datos de vacunación de ese distrito durante la pandemia y la cantidad de muertes por habitante, reavivan el tema. La posibilidad de que la cifra de población de La Matanza haya sido intencionalmente aumentada es un dato político preocupante. La adulteración podría haber beneficiado a La Matanza en el reparto de recursos. Un grupo de diputados de Juntos por el Cambio denunció la situación.

La movilización del 24 de marzo que organizó La Cámpora llevó a otro punto esa construcción de realidad paralela que desafía la verdad. La decisión de Máximo Kirchner de mantenerse alejado de los medios de comunicación tradicionales y de optar por un streaming propio y periodistas-militantes es otra forma de control de la realidad, es decir, de arrinconamiento de la verdad. La falta de interpelación de las ideas propias en el intercambio con las otras voces de la sociedad es una forma de retirarse del juego de la verdad.

Ese escenario en el que una fuerza política puede ganar elecciones a pesar de la violación obvia de la verdad es un problema para la Argentina en general. También para la oposición. El diputado de Pro Luciano Laspina, lo planteaba en una entrevista en La Repregunta. A la fuerza gobernante que toma las medidas económicas necesarias para el mediano plazo, críticas para el presente, le cuesta renovar mandatos. A la fuerza política que las anticipa antes de llegar al poder, le cuesta ganar.

Si 2023 es el horizonte, las preguntas clave que se instalan en ese sentido son, en principio, dos. ¿Cuánta verdad está la sociedad argentina dispuesta a escuchar y digerir? ¿Cuánto costo electoral tiene para el kirchnerismo la intervención política de la verdad?

Luciana Vázquez para La Nacion

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